Jueves , 21 Septiembre 2017
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¿Qué hay detrás del éxito?

Vencer los retos que plantea nuestro día a día nos hace sentir bien y, a su vez, estimula para enfrentar y vencer nuevos desafíos. Esto es lo que se conoce como “the winner effect” o efecto ganador, el cual fue propuesto por el profesor de Psicología del Trinity College (Dublín) llamado Ian Robertson, quien lo menciona como agente impulsor de la innovación y competitividad. Así mismo, refiere que debemos tener mucho cuidado, ya que si dejamos que el éxito nos domine, el efecto podría mostrar su faceta más dañina.

Ian Robertson

En una entrevista realizada a Robertson, le preguntaron ¿Por qué algunas personas creen que siempre van a ganar o están convencidas de que son ganadoras y, en cambio, otras son tímidas y no se ven para nada como ganadoras? Él refirió que, como en la mayoría de los casos, no habría una única respuesta. Sin embargo, las precoces experiencias de éxito y confianza generadas son un factor clave, porque lo fundamental del éxito es que “el éxito llama al éxito”. Se trata de un “feedback” positivo. Así que, si se tiene éxito en la vida, uno estaría más preparado para vivirlo y expresarlo, teniendo en cuenta los efectos que este provoca en la mente y el cerebro.

 

Efectos físicos

Una de las cosas que más nos gustan a los seres humanos es ganar a toda costa, y esto se da por muchas razones: una de ellas es que definitivamente nos hace sentir bien; luego, queremos repetir aquello que nos hizo sentir así. ¿Otra razón? Porque al ganar una vez, probablemente volvamos a ganar la próxima. Así, tenemos la anticipación de la recompensa; por eso, la gente que triunfa no tiene en cuenta las amenazas: se centra en las posibilidades de recompensa futuras.

 

Las ansias de competir y ganar han sido el motor que nos ha permitido ser lo que somos. Este impulso nos hace caminar por una hoja de doble filo: por un lado, colaboramos con los demás, logramos objetivos comunes, mejoramos el entorno; por el otro, somos egoístas, buscamos el beneficio personal y, entre ambos extremos, intentamos mantener un difícil equilibrio. Sin embargo, la lucha constante entre nuestro ángel y demonio, tiene una simple cuestión fisiológica; ya que segregamos una hormona llamada testosterona, la cual, a su vez, hace que aumente los niveles de dopamina, un neurotransmisor que activa los circuitos neurales con que elaboramos nuevos planes, objetivos y estrategias.

Ganar hace que nos preparemos para volver a ganar. Además, la dopamina activa nuestro “circuito de recompensa”, el centro desde donde sentimos placer y motiva a repetir “ese algo”. Los receptores de testosterona aumentarán su número, y la próxima vez la experiencia será todavía más gratificante.

 

El éxito como droga

El éxito, pues, es como una droga: nos hace sentir bien, elimina los miedos, la ansiedad y la depresión, mejora las capacidades cognitivas, nos hace más creativos, es algo que todos buscamos. A fin y al cabo, comparte circuitos cerebrales con el sexo, pero también son los mismos que usa la cocaína. Y aquí es donde aparece la otra cara de la moneda, porque cuando llevamos mucho tiempo ganando, nuestro cerebro corre el riesgo de intoxicarse.

La razón de que la cocaína es una droga, es porque logra adueñarse del anteriormente mencionado “circuito de recompensa”, o sea, del grupo de neuronas que producen dopamina. Se asocia el incremento de la acción de la dopamina a sentirse bien, a gusto, recompensado de distintas formas.

Es así como un exceso de testosterona y dopamina puede hacer que nos obsesionemos con el éxito. Cuando eso pasa, la planificación y la búsqueda de placer se vuelve crónicas. Ya no importaría tanto los objetivos iniciales y podría aumentar nuestro egocentrismo y reducirse la empatía. Dejaríamos de estar conectados con las personas que nos rodean, incluso, podríamos llegar a olvidar esta conexión. Podríamos engancharnos al éxito, al triunfo, a la sensación de poder.

 

Reflexiones finales

Pienses lo que pienses del éxito, no cabe duda de que un enfoque en nuestros talentos y habilidades genera un mayor bienestar en todos los sentidos, nos arriesgamos más, superamos antes los fracasos y volvemos a intentarlo, centrando nuestra energía en estrategias y retos concretos.

Para lograr lo que quieres, sea lo que sea, hay que perder el miedo al fracaso.

No es magia, es Inteligencia Emocional.

 

 

Acerca de Desi Huisa Naraza

Perú. Estudió Educación Artística en la ENSFJMA. Actualmente estudia Psicología Humana en la UAP. Experiencia en capacitaciones y talleres dinámicos dirigidos a jóvenes y adolescentes en temas como Fortalecimiento de la Autoestima, Motivación, Superación Personal y Liderazgo. Interesada en Inteligencia Emocional e Inteligencias múltiples. Traductora.

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