Viernes , 28 Julio 2017
san martin

La remuerte del libertador


Los huesos más conspicuos de Sudamérica se levantaron un lunes, el día más farragoso para las almas de este mundo, extenuadas por el descanso prolongado. Admirado ante el milagro y a la vez furioso porque le interrumpieron la partida de billar casi ganada con el buen Sucre, se sacudió el polvo acumulado en la vieja Catedral Metropolitana de Buenos Aires. Comprendió al instante que alguna fuerza superior lo había devuelto a esta orilla del río y, para informarse de lo ocurrido mientras los gusanos peleaban por el honor de consumírselo, se dirigió a la biblioteca. Sufrió todos los procesos burocráticos para su conseguir un libro de historia, pues ahora era como cualquier otro mortal y su fama de libertador de América ya no le servía más que para pedir algunos descuentos en los centros comerciales. Preocupado por lo sucedido en aquel último bastión español que había ayudado a liberar, y temiendo que hubiese caído en manos de algún Felipillo o Rajoy, se dirigió rápidamente al primer pasaje que encontró que narraba algún suceso peruano, topándose con el Combate del Dos de Mayo. Quedó satisfecho de saber que las tres naciones del Pacífico se habían aliado para defenderse por última y definitiva vez. Decidió visitar nuevamente aquellas tierras y esta vez esperaba no volver a ser despertado de un bienaventurado sueño por las desgracias de una parihuana. Luego de so­portar las burlas de sus compatriotas, que no entendían por qué ese chiflado vestía ropas antiguas y gracias a la caridad de una buena anciana bonaerense que se creyó transportada a Comala al ver aquel rostro histórico paseando por las calles por donde iba a comprar el pan suyo de cada día, pudo llegar al aeropuerto—de ese adelanto también pudo leer en su libro de historia—. La misma caridad de la dama le proporcionó los pesos necesarios para hacer el viaje Ezeiza-Jorge Chávez.

Pasado el entusiasmo de volar por primera vez y habiendo comprendido lo descabellado de dejarse cobijar en las tripas de ese insaciable pájaro de metal, aterrizó suavemente en las planicies aeronáuticas de Lima. Quería ver cómo había evolucionado aquel pedazo de tierra en donde había proclamado la independencia de millones de hombres para siempre. Recibiendo un mejor trato el extranjero temporal que en su país natal, un grupo de vendedoras con polleras que pululaban en los alrededores del aeropuerto le indicaron la mejor ruta para llegar a Palacio de Gobierno y le regalaron unas cuantas bolsas de habas por el semblante de feroz hambre que había importado desde la Argentina. Al llegar, no pudo ver más que a una turba de turistas que lo cercaban, atraídos por el exótico personaje que, ofuscado, exigía ver al Presidente de la República para conversar personalmente con él. Viéndose frustrado y a punto de dejar la plaza mayor de Lima, escuchó un gran tumulto de voces que se había originado en las rejas del palacio. Escoltado por grandes hombres con ternos, una figura pequeña se abrió paso entre la multitud y con una aparente emoción, fue a darle la mano a don José de San Martín. El presidente lo invitó a pasar al palacio, y luego de una amena conversación, algo dificultosa por el desfase lingüístico de doscientos años, se decidió a presentarlo en televisión nacional. A pesar de la agitación por la llegada de un nuevo presidente, la atención se la llevó San Martín resucitado.

Fueron meses intensos para él, jornadas más duras que las de dirigir a miles de hombres avanzando y retrocediendo por las ciudades y los montes. Las entrevistas en cada noticiero dejaron extenuados a esos próceres miembros, que jamás habían conocido agitación semejante. Pronto, aprendió el arte de la sonrisa falsa y del porte artificial.

Semanas después, la catástrofe cayó sobre él: había sido denunciado por colaborar con la fuga del expresidente y de toda su familia. San Martín lo negó infinidad de veces. Dijo que él era su amigo, y que le había hecho el favor de transportarlo con los hombres grandes de su guardia a todas sus entrevistas en los diferentes noticieros y algunos programas de espectáculo. No podía ser aquello, su amigo no había podido usarlo para encubrir su fuga.

Las campañas de desprestigio lo demolieron en televisión y en las redes sociales, y el país entero le dio las espaldas. Su tiempo había pasado, ya no daba curiosidad, sino que una especie de morbo social comenzaba a hostigarlo. Sentía que hablaban de él cuando lo veían pasear por algún parque o alguna plaza. No podía soportarlo. Luego de haber probado las mieles de la admiración, ahora un desprecio helado era lo que le quedaba, todo ocasionado por su ingenuidad decimonónica. Caviloso y melancólico, se dirigió a Chorrillos, en busca de la solución definitiva. Sin el traje de fraile de rigor, pero con toda la voluntad de aquel, decidió retomar la partida de billar que había dejado inconclusa y se echó uno de los mejores clavados que se han visto por esas costas. Lastimosamente, la gente que había presenciado la bravura del general no pudo aplaudir por mucho tiempo la audacia, porque la Policía y los paramédicos los ahuyentaron a todos.

¡Ave Senatus!


 

Acerca de Carlos Escurra Carmelo

Perú. Escribidor, pensador casual y aprendiz de periodista. Estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Maneja el inglés y, actualmente, aprende el francés.

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