Domingo , 23 Abril 2017
Fuente: blog.rpp.com.pe
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Recuerdos de un otaku

En principio, autodenominarse “otaku” puede resultar algo alienado; pero en nuestro país, entre los iniciados, es casi un orgullo; mientras que en el lejano Japón es más bien un insulto para aquellos que viven pendientes de algún anime, manga, videojuego, idol, etc. Incluso hasta hace unas décadas, para la gran mayoría, el “otaku” peruano no era más que un inmaduro, un fanático pendiente de dibujos animados para niños. Así, varios de estos en los ochenta y noventa del siglo pasado disfrutaron inocentemente de joyas del anime que no tenían mayores reparos en mostrar sexo, violencia y sangre cuando lo exigieran las historias, sin la mojigatería que hoy censura la violencia ficticia sin reparar en la violencia real de la cotidianidad.

Hacia fines de los noventa entraría en la escena limeña el Club Sugoi, capitaneado por los hermanos Antezana, el mismo que se materializaría en la librería Sugoi, verdadera capital de esa Meca en que se transformaría el C.C. Arenales. El cambio de siglo traería consigo la disolución de Sugoi, pero según testimonio de Iván Antezana, ellos ya habían cumplido con su deber, especialmente durante un tiempo en el que no existía Internet ni la televisión por cable se encontraba tan difundida. Y ello pues, recordaba con nostalgia, aquellos viernes por la noche en que disfrutaba de una hora del magazine Sugoi TV, por la señal de Uranio 15. Eran los tiempos de la fiebre por Shin Seiki Evangelion.

Hoy ser “otaku” es: ser consciente y afecto a la creación intelectual de Japón, Corea del Sur y China, especialmente de la primera; estar pendiente de la última subida de algún “fansub” sobre el anime o “dorama” de moda; disfrutar de la lectura del último capítulo de algún manga, comprar cuando se pueda algún modelo a escala del personaje más querido o el “merchandising” asociado de alguna serie; simplemente pasear por el C.C. Arenales esperando toparse con alguna “idol” nacional, haciendo un “cosplay” o de civil, o sorteando a las “K-popers” o a los doteros de las catacumbas del centro comercial. Termino esta reflexión añorando los numerosos clubes universitarios de anime, que hoy son cada vez más raros (¡A inicios del milenio los habían hasta de hentai!).

Quizás el Internet volvió el disfrute del anime un placer solitario, olvidando que a diferencia de los “otakus” japoneses, misántropos por voluntad propia, sus pares peruanos disfrutaban de la compañía y discusión sobre los detalles del anime proyectado o las especulaciones del próximo capítulo, que los actuales foros del Facebook no alcanzan a reemplazar.

Fuente: otakustore1.blogspot.com
Fuente: otakustore1.blogspot.com

Acerca de Frank Rojas Alarcón

Perú. Bachiller en Derecho y estudiante de Sociología en la UNMSM. Analista político aficionado. Segurólogo. Otaku confeso.

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