Domingo , 28 Mayo 2017
"La fuga", pintura de Cecilia Lueza
"La fuga", pintura de Cecilia Lueza

La fuga

Se levantó violentamente de la cama a las 11:40 p.m., cogió cuanto pudo de ropa, dinero y joyas que su mujer había guardado celosamente como herencia de su madre por años, y salió huyendo en piyama.

Sus ojos, aún sensibles por el reciente sopor, empezaron a latirle y arderle agudamente por la luz que se desplomaba desde los postes de alumbrado público. Fue en la primera esquina en que volteó que la sintió. Era una enorme masa que había comenzado a desplazarse. La vibración de sus robustas patas de carnívoro ineludible en la tierra se lo indicó. El hombre sabía que no contaría con mucho tiempo antes de que ese monstruo lo alcanzase para apresarlo. Al llegar al primer semáforo de la avenida principal, halló una motocicleta estacionada a un lado de la acera. Sintió una alegría inmensa al comprobar, entre la luz artificial y la penumbra, que la llave estaba ya incrustada en el agujero, lista para ser encendida. En un salto gimnástico subió a la nave, retiró de un talonazo la pata de apoyo y giró la llave, pero solo le respondió el famélico rugir de un motor falto de gasolina. Su angustia por seguir huyendo hizo que, al querer bajar precipitadamente, tropezara y cayese al suelo. Sin tiempo para sentir pena por sí mismo ni para reparar en el dolor, se incorporó y siguió su desesperada marcha. Había perdido tiempo valioso en ese intento fallido, lo cual no había sido parte del plan que había estado diseñando por semanas. Todos los días, en su transitar diario por las calles, de la oficina a su casa y viceversa, había observado detenidamente la distribución de la zona y había imaginado todos los escenarios y sus variantes posibles. Nuncia debió haber pasado eso, pero aún tenía oportunidad, por eso se había levantado con unos minutos de anticipación, para cubrir imprevistos como esos. Solo era cuestión de llegar al paradero, porque a esa hora pasaba el último bus del día. Una vez subido, esa bestia de ningún modo podría tocarlo. Sin embargo, había un factor en que él no había pensado, y es que daba por sentado que su velocidad sería superior a la de su perseguidor. Repentinamente, escuchó cómo se movían y se quebraban las ramas de los arbustos cercanos. No era posible que estuviese pasando aquello. Había partido de su casa a toda velocidad, e inclusive había dejado el camino obstaculizado para retrasar más a su depredador. Sus piernas comenzaban a doblarse y sus pulmones trabajaban en su máximo ritmo. En un momento de terror, un cuerpo emergió de entre los arbustos y se colocó detrás de él. Al hombre solo le bastó voltear la cabeza y mirar de reojo para percatarse de la silueta que venía siguiéndolo. Sabía que dentro de muy poco el agotamiento lo obligaría a detenerse sin más, rendido ante la potencia imparable de quien lo perseguía, rebasado irremediablemente por su velocidad. De entre la penumbra de la noche, como en un milagro, emergieron las luces brillantes del interior del bus. La respiración agitada de su predador ahora podía sentirla en la nuca, erizando sus escasos cabellos. Si ese bus se ponía marcha, todo estaría sentenciado para él.

Por fin, cuando logró llegar a la altura de las ruedas traseras del inmenso vehículo azul, escuchó a las puertas automáticas cerrarse; y fue en ese momento cuando su oreja se vio bruscamente jalada hacia atrás, como arrancada. Jamás te voy a dar el divorcio, desgraciado, le dijo su mujer mientras se secaba el sudor de su rollizo rostro y lo devolvía a casa.

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Acerca de Carlos Escurra Carmelo

Perú. Escribidor, pensador casual y aprendiz de periodista. Estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Maneja el inglés y, actualmente, aprende el francés.

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