Jueves , 30 Marzo 2017
Gabriel García Márquez
Gabriel García Márquez

El reposo de Gabo


El día miércoles 21 de octubre se abrió al público el archivo de Gabriel García Márquez que la Universidad de Texas adquirió de los familiares del escritor. Como si se tratase del más admirable souvenir del mundo traído desde las siempre tórridas playas caribeñas—aunque el clima mexicano resulta mucho más discreto—, este archivo llegó empaquetado en setenta y cinco cajas, y solo después de que la dicha y dichosísima universidad desembolsara de sus arcas más de dos millones de dólares, cifra que, sin lugar a duda, debería haber sido más elevada. El tesoro latinoamericano contiene manuscritos de libros tanto publicados como no publicados (En agosto nos vemos), correspondencia entre él y personajes que marcaron la historia del siglo XX (Fidel Castro y Bill Clinton, entre otros), 43 álbumes fotográficos, entre otras tantas delicias que el Caribe, gracias a su hijo universal, tuvo a bien dar para el deleite del mundo, aparte de la olorosa y frutal guayaba.

En contraste con el goce que ha producido en nosotros, fervientes lectores, y en ustedes, garciítas epígonos—si es que alguno queda todavía—tal noticia, suenan voces de protestas de colombianos de patria exaltada que reclaman que la obra de su escritor debería haberse quedado en el país natal. Ahora, el archivo de García Márquez reposa al lado de otros genios universales, como William Faulkner, James Joyce o Jorge Luis Borges, lo que hace del Harry Ramson Center, en el campo de las Humanidades, un émulo contemporáneo y fascinante de la antigua biblioteca de Alejandría, depósito de las sabidurías más grandes del mundo.

¿Por qué las universidades latinoamericanas no son las primeras interesadas en conseguir el derecho de resguardar las colecciones de sus escritores? Debemos fijarnos en los aparatos gubernamentales. ¿Les interesan las Humanidades en su justa dimensión a los gobiernos? ¿Acaso no hemos escuchado la propuesta, en estos meses, de disminuir, y hasta suprimir, las horas asignadas a materias relacionadas con este campo, tales como Literatura o Filosofía? Hakubun Shimomura, actual titular de la cartera de Educación en Japón, dirigió una carta a las directivas de 86 universidades nacionales de su país con la petición de clausurar las facultades de Ciencias Sociales y Humanidades, e inaugurar, en su lugar, carreras que «respondan mejor a las necesidades de la sociedad». Esta actitud retrógrada, como si se tratase del último accesorio de la moda traído de París o Nueva York, viene apoderándose de las truculentas pasarelas de los Congresos latinoamericanos.

Siendo esto así, ¿cómo es posible encomendarles y confiarles a las instituciones latinoamericanas el cuidado de algo que desestiman? ¿Sorprende su desidia? Demás está decir que el equipo tecnológico y los profesionales necesarios para la conservación adecuada de manuscritos son escasos en nuestro medio, y estos últimos reciben su paga en igual proporción al aprecio que se le tiene a las Humanidades. Solo cuando surja un verdadero afecto—aunque sea solo una ambición desmesurada—por nuestras Letras y Artes, podremos echarnos al ruedo de las pujanzas culturales. Mención aparte es el caso de Brasil, cuyas universidades, según lo visto en el II Congreso Internacional de Narrativa Fantástica, han demostrado un claro interés por el estudio concienzudo de este campo. ¿Ya ven cómo lo fantástico del Congreso logró asaltar a la realidad? Ojalá que la tome por el cogote y nunca la suelte, y perdonen el uso gráfico de la expresión en la situación de violencia de la sociedad peruana.

Por último, y ampliando un poco la visión, quisiera tomarme la libertad de recomendarles a los allegados de los escritores que aún colean (Javier Marías, Bryce Echenique, Vargas Llosa, Patrick Modiano, Svetlana Alexiévich, etc) que negocien con distintas universidades la recepción y conservación de los archivos de los que entrarán en poder cuando estos hayan fallecido. En la experiencia peruana, se ha demostrado lo terrible que puede ser el centralismo: no es bueno que una sola nación aglutine la mayor parte del patrimonio cultural del mundo. Universidades europeas estarían encantadas de recibir en sus recintos a muchas plumas ilustres. Por ahora, mientras García Márquez permanece bajo suelo mexicano o colombiano, o, acaso flotando “cenicientamente” por los etéreos contornos del globo terráqueo—seguramente como más le hubiese gustado—, Gabo yace en Texas, y será mejor conservado y difundido allí que en su Colombia natal.

¡Ave Senatus!

Acerca de Carlos Escurra Carmelo

Perú. Escribidor, pensador casual y aprendiz de periodista. Estudiante de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Maneja el inglés y, actualmente, aprende el francés.

Un comentario

  1. Gabo, uno de los más grandes escritores latinoamericanos y orgullo de Colombia.

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